El mes de Julio de 2002, la editorial Planeta ofrece a los lectores la primera novela de la autora francesa Fabienne Bradu. Y accedemos a una historia de viaje muy especial; la protagonista sale de Francia y llega a Tokio, donde la esperan unos amigos para el recorrido por esa enigmática ciudad.
En primera instancia es conducida a un estudio cinematográfico, donde conoce a Hiromi, un japonés extraño aún para el común de la idea que ella tenía de estos hombres. Recorren diversos lugares en una noche, y ella siente desde el primer momento una inclinación solícita de parte de Hiromi, lo que atribuye a la tradicional cortesía de ese pueblo. Entre los amigos japoneses que encontraron en un lugar de estos se encontraba la hermana de Hiromi, Masako; una mujer que a primera vista dio a la viajera una impresión desagradable.
Durante la noche de su llegada y recorrido por algunos lugares de Tokio; Hiromi informó que haría a la mañana siguiente un viaje a Kyoto, e invitó a la protagonista-narradora. El viaje se realiza y la autora nos hace una bella descripción de cada lugar de Tokio, hasta llegar a la casa de la madre de Hiromi; una anciana casi inválida que sólo hablaba japonés y que escrutó con una fría indiferencia a la mujer invitada por el hijo.
La protagonista pide a Hiromi conocer un templo budista y la lleva. Pide ser recibida por un monje y la recibe uno de los más jóvenes; con él plantea varias de sus miles de dudas acerca del budismo y, el joven monje le ofrece respuestas que debe buscar en su interior. Finalmente regresan a Tokio, organizan una despedida y ella retorna a su país.
En esta novela corta de Fabienne, hacemos de su mano un recorrido por algunas de las partes o nudos (para los occidentales) medulares de esa ancestral y enigmática cultura, que va –el recorrido- desde costumbres culinarias, formas de comer, vestir, divertirse y sobre todo nos asomamos con cierta amplitud al ser del budismo zen y la manera en que conforma y marca como hierro candente a cada ciudadano japonés.
Hiromi, es un hombre feo, corto de estatura, comedor compulsivo y amable como todos sus coterráneos, frío en la expresión y ensimismado. Su madre, una mujer que tiene tras de sí un aborto autoprovocado, que la lleva a construir un muñeco que casi habla y que coloca en un lugar estratégico de su recámara, una mujer que ejerce un terrible dominio hacia el hijo y que lo más seguro es que mantenga con él una relación incestuosa pese a la diferencia de edades.
La protagonista-narradora, mujer occidental, liberada y con una gran apertura para conocer otra cultura, se entrega desde el inicio a la seducción que Hiromi ejerce hacia ella; se deja llevar y entablan una relación por demás extraña pero finalmente comprensible en su contexto, con este japonés. Sin embargo no deja de existir en su interior una serie de dudas acerca de Hiromi. Dudas que finalmente desentraña en una charla con Masako.
Nos ofrece la autora una descripción minuciosa del acto sexual, por demás extraño para ella que lleva a cabo con Hiromi; y que a un lector occidental obviamente le deja un tanto sorprendido, lleno de dudas y, finalmente en el desarrollo de la relación entre ella e Hiromi, uno llega a comprender.
El Amante Japonés, es un recorrido por parte de esa cultura que sigue siendo un enigma, pero que tiene una y varias razones de ser; a la par que esta relación Fabienne nos lleva a una casa de Geishas, donde vemos con qué delicadeza estas mujeres son entrenadas desde temprana edad para poder acceder a esta categoría.
Finalmente la protagonista emprende el retorno a su patria, y la noche anterior a su salida Hiromi le pide que se quede con él; ella se ve de pronto ante un dilema que debe resolver en las escasas horas que le quedan para tomar su avión de regreso; decide que ya que Hiromi irá a Nueva York en breve, y ella estará allí, le dará respuesta.
Esta novela, la primera de la autora, es realmente un viaje no sólo a Japón, sino un escudriñar y ofrecernos a los lectores las partes feroces y las más delicadas de esos hombres y mujeres. Vamos de su mano desde unos paisajes naturales de maravilla, hasta las profundidades y vericuetos de una cultura y sus hombres que pueden resultarnos incluso espeluznantes, mueven en ocasiones al rechazo, y también nos asomamos a la profundidad del Ser que da razón de ser a estos hombres y mujeres.
Los secretos del Japón y sus ciudadanos se conoce como Hiromi le dijo a la viajera: “Con paciencia, sobre todo, con paciencia.” Igual nos deja pensar en una sentencia del budismo: “…las enseñanzas de Buda no son un catecismo, sino un camino hacia la liberación. Eres libre de tomarlo o no.” Los secretos han de merecerse y el camino es sólo uno, paciencia.
Y, la máxima sentencia en el amor: “Sólo el amor es adivino.” Y, efectivamente la protagonista intuyó o adivinó lo que era una realidad de Hiromi. |